jueves, 4 de noviembre de 2010

NADA




Otro día, después de comprobar que el Moncayo estaba en forma, me fuy al fondo del barranco a dejar de cavilar. Me suelo sentar en una piedra de las de no hacer nada, una que tengo bien equilibrada y a la que coloco un poco de esparto encima para culminar. Me siento, no hago nada y dejo que me dé el sol.




Qué bueno sabe el sol en invierno, sobre todo si no tienes nada que hacer. Pones la mente al mínimo, cierras los ojos y te dejas tostar mientras el cierzo acaricia las orejas.

He leído en el libro del Dalai Lama "La mente en serenidad", que hay lugares especiales para cultivar el samadhi: las altas montañas, riberas de los ríos y sitios agradables y tranquilos en general. Este sitio es agradable, al menos para los que amamos del tufo de la ontina, y muy tranquilo, pero no se puede cultivar el samadhí, principalmente porque vengo a no hacer nada, y además porque tiene sus moscas, cuando estás en lo mejor del tueste se posa una a sorber los jugos de la piel y si tenías un samadhi a medio caer ya puedes empezar de nuevo.

Transcurrido un buen rato le hago caso al cuerpo y acabo mi sesión de solana. Termino de no hacer nada y me voy a disfrutar, ahora haciendo lo contrario de no hacer nada. Tiro cara arriba, me pierdo por un sendero, me pongo nervioso, me calmo y al fin entro en zona conocida, salgo de un estrecho barranco y me encuentro con este ser:

Viene al trote hacia mí al tiempo que me mira con un ojo y la oreja contraria.



Parece que me ha visto, cambia de oreja y dirección. Ante mi sorpresa no acelera para escapar tal como suelen hacer los conejos conmigo.


Se detiene junto al matorral, da media vuelta y se sienta a hacer lo mismo que hago yo, a mirar. Estamos a unos veinte metros, observándonos, sin cruzar palabra, yo quieto como estatua.



El ser hace diversas piruetas que no logro captar con la cámara ni comprender como es debido... Y por fin se sienta así (como en la foto). 
 
Una suave brisa me atraviesa el cuerpo etérico por la parte del cerebro. Mi dedo deja de apretar el disparador mientras traducen las neuronas: ¿quién es éste conejo?, no, ¿qué hace éste conejo? Se diría que está en lo mismo que yo, quizá venía de no hacer nada y ahora está jugando, disfrutando conmigo.
Le digo a mi mente que no especule y se ciña a los hechos.
Contrariada, responde que qué hechos.
Yo le digo que es un conejo que nos mira y punto.
Aquí hay algo más -dice ella.
El qué -contesto un poco alterado (a veces lo consigue con facilidad).
Es un conejo especial, a lo mejor un político o un torero reencarnado.
Y caigo en la cuenta de que mi mente también quiere divertirse, como yo, como el conejo, seguramente como otras personas que vienen de no hacer nada.





Otro ser nos observa a su vez.






Entre tanto dos nubes se persiguen en el cielo.


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