Me habían contado que en cierto lugar existía una extraña puerta colgada de la pared de una montaña, según los rumores "la puerta era inaccesible y su pasado desconocido, probablemente se puso para esconder una peligrosa cueva o la entrada a un laberinto".
Hay que saber por dónde se camina y agudizar la vista para descubrirla. Por fortuna conseguí sonsacar información precisa al tío Clemente luego de un vino y una banderilla de huevos de codorniz con su langostino.
Hay que saber por dónde se camina y agudizar la vista para descubrirla. Por fortuna conseguí sonsacar información precisa al tío Clemente luego de un vino y una banderilla de huevos de codorniz con su langostino.
Tras andar veinte minutos siguiendo las indicaciones del informador di con ella. Efectivamente era una puerta en la pared de una montaña. Mi primera impresión fue de admiración mezclada con morbosa curiosidad, qué escondería aquella puerta, por qué la habrían puesto, ¿quizá por evitar el peligro a los curiosos?
Por desgracia estaba al otro lado de un profundo barranco, de modo que solo podía verla de lejos. Me acerqué tanto como pude y ayudado del zoom de la cámara alcancé a ver que se trataba de una simple puerta de hierro, no muy antigua, y parecía abierta. Una mirada más centrada me ayudó a ver otra cosa interesante, encima de la puerta, a la izquierda, había un buitre.
Campo a través deshice parte del camino para aproximarme un poco más. Al volver a enfocar resultó que se había posado otro buitre, estaba con las alas desplegadas, seguramente para calentarse.
Como la cosa se ponía interesante anduve bordeando el barranco en busca de una bajada para luego aproximarme por el fondo hacía el lugar. Tras un buen rato caminando entre matorrales conseguí descender y orientarme. Conforme me iba aproximando observé la llegada de más buitres, descendían planeando y se posaban aquí y allá en los riscos más altos.
Poco a poco iban llegando más buitres, lo que me hizo recordar la película "Los pájaros", de Alfred Hitchcock. Nunca he tenido miedo de estos animales majestuosos, de crío solía aproximarme a ellos a hurtadillas y encorrerlos cuando acababan de darse un festín, todo porque mi abuelo me contó que una vez cogió uno de esa forma ("hay que esperar que tengan la panza bien llena"). No obstante, me resultaba extraño que hubiera tantos buitres en este sitio y comenzaba a sentirme intranquilo, sobre todo porque me había alejado mucho y el lugar era un poco recóndito.
Me detuve a descansar y puede observar que, en segundo plano, mi mente andaba recordando historias de buitres que atacan a personas. Imágenes de enormes picos, alguna con un pequeño trozo de carne colgando. Otra imagen con decenas de buitres comiendo un cadáver humano (se veía claramente un pie), un buitre torna la cabeza y me mira picoabierto (a éste también le cuelga una tripa del pico).
Esta mente es muy servicial y dedicada por entero a su trabajo, en éste momento meter miedo, cosa que por el tema de la supervivencia es de agradecer. Como convivo con ella hace muchos años ya la voy conociendo y no siempre hago caso. Ahora, cuando acierta no hay quien la soporte.
Creo que estos tres me miraban con gesto de fastidio, molestos quizá por adentrarme en su territorio, lo cual añadía cierta tensión y valor a la aventura.
Sorpresa, pasaron de mí y dedicaron su interés al acicalamiento. Incluso uno me dio la espalda, lo cual no me pareció sensato en un buitre.
Al final se hartaron y se fueron a volar.
Cuando vea a Clemente se lo he de relatar como a él le gusta (es cazador, aunque ya no puede por los años). Le contaré que la puerta es más misteriosa de lo que pensábamos, pues está protegida por unos buitres tremendos que no dudaron en mostrarse violentos cuando intenté aproximarme, razón por la que salí de allí a toda prisa. - Seguiremos sin saber qué hay dentro.
Me dirá que soy un payaso. -¡Mucho ir por el monte y te espantan unos pájaros!- Ya lo estoy oyendo. En fin, pasaremos un buen rato y a lo mejor se paga las banderillas.
¿Y la puerta? Pues nada, que con tanta emoción y revoloteo se me hicieron las dos de la tarde, así que alteré la caminata dominguera en dirección a las viandas. Allí se quedó, tan misteriosa y suspendida como la encontré.
Me dirá que soy un payaso. -¡Mucho ir por el monte y te espantan unos pájaros!- Ya lo estoy oyendo. En fin, pasaremos un buen rato y a lo mejor se paga las banderillas.
¿Y la puerta? Pues nada, que con tanta emoción y revoloteo se me hicieron las dos de la tarde, así que alteré la caminata dominguera en dirección a las viandas. Allí se quedó, tan misteriosa y suspendida como la encontré.




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